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A esta charla le pusimos por título “Palomas en la calle”. Algunos ya sabrán por qué, pero quiero explicarlo. He notado algo que me parece muy triste: cada vez es más común encontrar palomas muertas en la calle. Y lo más impactante es que parecen estar ahí “como si nada”, como si su vida se hubiera vuelto inactiva, apagada. Es curioso: las palomas estuvieron lejos de ser lo que fueron antes. Incluso se usaron para mensajería. Pero hoy, muchas están perdiendo su instinto de seguridad, su instinto de protección. Y eso les está costando la vida: es más fácil encontrarlas muertas.
Vi un documental para ampliar mi perspectiva y un especialista decía algo fuerte: por su nuevo estilo de vida, por habitar zonas urbanas tensas y condiciones complejas, muchas ya nacen enfermas, nacen débiles, desorientadas, sin la misma capacidad de preservación.
Entonces me hice una pregunta: ¿por qué se pierde el instinto de protección y de seguridad? Encontré al menos tres cosas.
La primera es que se pierde la respuesta automática que los seres vivos tienen para detectar amenazas, externas o internas. Es como si ese sistema de alerta se apagara. Ese “algo” que indica: aquí hay peligro.
La segunda es que se pierde la gestión del peligro, la manera correcta de actuar cuando hay amenaza. Desaparecen las conductas que evitan el riesgo y pareciera que ya no les preocupa. Los que conducen lo han visto: uno va en el carro, la paloma está a un lado, uno frena… y es como si ella se lanzara hacia el vehículo. En vez de alejarse del peligro, lo gestiona al revés. A veces pareciera hasta suicida.
La tercera cosa que se pierde es un componente emocional: el miedo. El miedo, cuando es el adecuado, no es cobardía: es preservación. Cuando se pierde el miedo al peligro, entonces se permanece en lugares que no son seguros. En el caso de las palomas, se adaptaron a vivir en medio de nosotros porque encuentran restos de comida. Incluso hay gente que las alimenta. Ya no tienen que buscar, ya no hay lucha por sobrevivir, y por eso pierden el instinto de preservación: buscan comida en cualquier lugar, sin importar el riesgo.
Con eso en mente, quiero entrar a un texto que me parece precioso: Salmo 55:6. El salmista, agotado y cargado de problemas, dice: “¡Si tan solo tuviera alas como una paloma! Me iría volando y descansaría.” Mire qué expresión. ¿A quién no le gustaría saltarse los problemas, evitarlos, pasar por encima de ellos? Aquí, volar representa seguridad. ¿Qué hace que una paloma esté segura? Que puede volar, que puede estar en las alturas. ¿Y qué pasa cuando deja de volar y vive a nivel de piso? Su vida se vuelve insegura, porque ese no es su ecosistema. Las palomas no fueron diseñadas para vivir en el suelo como si ese fuera su lugar natural. Y por eso el Salmo conecta una idea poderosa: volar es descansar. Volar es encontrar refugio; es elevarse por encima del peligro.
Y para tratar este tema, quiero hablar de una vida que, para mí, representa lo que es ser una “paloma en la calle”: la vida de Sansón, en el libro de Jueces. He estado estudiando Jueces estos días. La historia de Sansón va del capítulo 13 al 16. No la vamos a leer completa porque tomaría mucho tiempo, pero la voy a contar en tres bloques que ayudan a ver el mensaje con claridad.
1) Roles equivocados (Jueces 13)
El primer bloque lo titulé “Roles equivocados”. Jueces 13 describe el nacimiento de Sansón en un ambiente familiar que, a mi juicio, no tenía parámetros claros. Sansón nace de un hogar estéril, así que su llegada es milagrosa y notable. Pero también nace en un contexto donde el orden del hogar no está sano.
El ángel visita a la mujer y le dice que será madre, le da instrucciones claras: ella no debía tomar vino ni ciertas cosas, y al niño no se le debía cortar el cabello. Ella va y le cuenta a su esposo, Manoá, pero él no parece escuchar. Incluso ora para que el ángel vuelva… y cuando vuelve, el ángel otra vez busca a la mujer primero. Luego, Manoá pregunta algo llamativo: “¿Qué debemos hacer con el niño?”, aunque su esposa ya se lo había explicado.
Al final, Manoá reacciona con temor y dice: “Hemos visto a Dios, nos vamos a morir”, y la esposa —la que no era escuchada— responde con sentido y claridad: si Dios hubiera querido matarlos, no les habría hablado ni les habría anunciado un futuro.
Para mí, esto retrata una familia donde el liderazgo, la comunicación y los roles no están funcionando bien. Y aquí hago un paréntesis pastoral: los hogares necesitan recordar que papá es papá y mamá es mamá. No somos “los mejores amigos” de nuestros hijos; somos responsables de formarlos. Un verdadero hombre sabe escuchar a Dios, lidera su casa, sabe escuchar a su esposa, reconoce lo que está pasando y toma dirección. Manoá no aparece así en el relato. Y Sansón nace en ese nido.
Antes de pasar al segundo bloque, vale la pregunta: ¿en tu casa los roles están claros? ¿Se habla, se decide, se considera juntos lo que hay que hacer? La Biblia no es machista ni feminista: la Biblia presenta orden.
2) El capricho y la ira como conducta (Jueces 14–15)
El segundo bloque lo titulé “El capricho y la ira como conducta”. En Jueces 14, Sansón ve a una mujer en Timnat y le dice a sus padres: “Dénmela”. Esa forma de hablar revela mucho. Si en una casa se permite que los hijos hablen así —“tráigame”, “hágame”, “deme”— se está formando una conducta peligrosa.
Sus padres le responden: “¿No hay mujeres en Israel para que vayas a buscar una de un pueblo foráneo?” Y el texto también muestra que Dios iba a usar esa situación como una oportunidad frente a los filisteos. Pero ojo: eso no significa que Dios haya “diseñado” el capricho de Sansón. Dios puede usar incluso los defectos de alguien cuando esa persona no se deja usar por sus virtudes. Y eso es triste.
Aquí defino el capricho tal como lo planteo en este mensaje: capricho es un comportamiento que se disfraza de amor y autonomía, pero no es más que una conducta que busca deseos pasajeros apartándose de la norma y de lo correcto. El capricho es como el “hermano deformado” del amor. Muchos confunden amor con capricho porque la línea parece delgada.
¿Cómo se distingue? 1 Corintios 13 lo explica: el amor no hace nada indebido. El capricho no tiene problema con lo indebido. Si alguien dice “te amo” pero te empuja a esconderte, a mentir, a salir a escondidas, a exponerte al peligro, eso no es amor: es capricho. Quien ama, busca proteger.
Sansón se mueve por capricho, y eso lo lleva a decisiones cada vez más impulsivas. Hace una fiesta, propone una adivinanza, y esa adivinanza nace de una escena extraña: Sansón mata un león con fuerza sobrenatural, tiempo después vuelve a pasar y encuentra un panal con miel dentro del cadáver. Toma la miel y come. De ahí sale su acertijo: “De lo fuerte salió lo dulce”. Nadie podía descifrar eso, y sus compañeros presionan a su esposa con amenazas para que les saque la respuesta. Ella insiste y llora hasta que Sansón cede y se lo revela.
Y entonces aparece la otra cara del capricho: la ira. Sansón se enfurece, reacciona desproporcionadamente, mata a treinta hombres que nada tenían que ver y les quita la ropa para pagar su apuesta. El capricho no se queda quieto: cuando no consigue lo que quiere, suele explotar en mal genio.
Y aquí vuelvo a lo práctico: uno nota el capricho en un niño cuando al recibir un “no” arma el desorden y obliga a los adultos a vivir en función de su berrinche. Si no se corrige, años después se convierte en un “Sansón” que exige: “cuando yo quiero, como yo quiero”. Y la vida no funciona así.
3) Pérdida del instinto de protección y peligro (Jueces 16)
El tercer bloque lo titulé “La pérdida del instinto de protección y peligro”. Aquí Sansón se vuelve la imagen completa de la paloma en la calle: ya no distingue el peligro, ya no huye, ya no se protege.
Yo leí —y hasta consulté para entender— que existe esa idea de respuestas primitivas del cerebro asociadas a luchar o huir. Lo importante aquí no es el término técnico, sino el principio: cuando el instinto de seguridad está sano, uno sabe cuándo huir. Piense en José: frente a la tentación, no se quedó “negociando”, no se quedó “a ver qué pasa”; salió corriendo, aunque fuera sin ropa. Eso es instinto de seguridad.
Sansón, en cambio, empieza a jugar con el peligro. Varias veces aparece el tema de ser “atado”. Lo capturan y lo amarran, él rompe las cuerdas. Luego se mete con una prostituta. Después arranca las puertas de una ciudad y se las lleva como humillación. Una persona dominada por capricho ama demostrar poder y humillar.
Y llega Dalila. Con ella, Sansón juega al límite con su seguridad. Eso es la paloma que, en vez de correr del carro, abre las alas y se lanza al peligro.
Dalila insiste una y otra vez. El texto lo dice con fuerza: ella llega a cansarlo con su insistencia. Y entonces, Jueces 16:17 es doloroso: Sansón le descubre todo su corazón, le revela su intimidad, su secreto. Y el secreto era sencillo: nunca le cortaron el cabello porque había un mandato de Dios, una consagración. Ese “no” que Dios había establecido era un cerco de protección.
Dalila llama a quien lo afeite, le cortan el cabello, y cuando ella grita que vienen los filisteos, Sansón se despierta y piensa: “Esta vez saldré como las otras y escaparé”. Y aquí viene la frase terrible de Jueces 16:20: Sansón no sabía que Jehová ya se había apartado de él.
Ese es el punto más trágico de una “paloma en la calle”: caminar hacia la muerte sin darse cuenta, porque ya perdió el instinto de protección. Sansón olvidó su lugar. Su lugar no era el piso, era “las alturas”.
Aquí conecto con otro texto precioso: Habacuc 3:19: “Jehová el Señor es mi fortaleza… y en mis alturas me hace andar.” La vida cristiana está llamada a vivir en las alturas de Dios: en su presencia, en su voluntad, en su seguridad. No es vivir a ras de piso, sin discernimiento, caminando en riesgo.
Sansón desperdició años. Fue una bancarrota espiritual y personal.
Tres conclusiones
Primera: El contacto constante con el pecado elimina poco a poco nuestro sentido de protección y seguridad. Eso que uno sabe que no honra a Dios —en el cuerpo, en la mente, en las palabras, en lo secreto— no es “inofensivo”. Va apagando la alarma interior. Y tristemente, si alguien termina perdiéndose, no será porque Dios no amó, no será porque no hubo salvación, no será porque Dios no estuvo: será porque esa persona decidió convivir con el pecado hasta perder el instinto de preservación.
Segunda: Los “no” de Dios evitan que caigamos en las redes del capricho. He oído predicaciones que dicen “todo lo que pidas, Dios te lo dará”, y eso puede producir gente caprichosa. Dios es soberano: hace lo que quiere cuando quiere. Él no se deja torcer el brazo. Él concede lo que conviene, y muchas veces en el camino aparecerán “no” que son protección. Es mejor el “no” de Dios que el capricho en el alma.
Tercera: Jesús, con su sangre y sacrificio, restaura nuestro instinto de protección y seguridad. No es suerte, no es azar. En Dios no es lanzar un dado a ver si “sale” salvación. Con Cristo hay camino, hay rescate, hay restauración, hay seguridad.
Y termino con Mateo 24:13: “Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo.” Perseverar es mantenerse, sostenerse, permanecer humilde delante de Dios. Ese es el llamado: dejar de ser “palomas en la calle” y volver a las alturas, al lugar de seguridad, descanso y propósito en el Señor.