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Prédica 2026-03-11 Miercoles

Sombras que se mueven

Predicador: Henry Contreras · Pasajes: Salmo 39; Salmo 38; Salmo 40; Salmo 41; Salmo 51; 2 Reyes 20:1-11

Resumen

La enseñanza gravita en torno a la brevedad y fragilidad de la vida. El utiliza el Salmo 39 para mostrar a un David en su punto más vulnerable, quien, abrumado por el sufrimiento y el silencio, reconoce que la existencia humana es apenas un "suspiro".

Se reflexiona sobre la "bondad de no saber" nuestra fecha de caducidad, lo cual nos permite vivir cada día con asombro en lugar de vivir restando tiempo. A través de la metáfora de las sombras, se explica que los seres humanos somos pasajeros, no dejamos huella permanente por nosotros mismos y dependemos totalmente de la Luz (Dios). La conclusión es un llamado a depositar la esperanza no en nuestras fuerzas o posesiones, sino en Jesús, el dueño del tiempo, quien nos permite "tomar aire" y volver a sonreír antes de partir.

Contenido

El título de esta charla, aunque no tiene nada que ver con terror ni con miedo, es “Sombras que se mueven”. Lo tomé del Salmo 39; de hecho, lo tomé de la Nueva Traducción Viviente. Me pareció genial.

He estado escuchando varias veces ese salmo. Tengo que aceptar y reconocer que, al leer el Salmo 36, el Salmo 42 y otros salmos que no sé cuántas veces he escuchado, esta semana los he estado oyendo una y otra vez; pero este Salmo 39 caló de una forma especial. Quisiera que nos detuviéramos en ese título: “Sombras que se mueven”.

¿Cuántas personas han pasado por su vida? Si alguna vez se ha preguntado eso, yo sí. Pero no puedo hacer la cuenta, no podría decirle cuántas. Muchas personas han pasado por mi vida, y de esas muchas personas, solo mis recuerdos conservan la imagen de una que otra. No podría hacer la cuenta; tampoco puedo traer a memoria a muchas de las personas que han pasado por mi existencia, y de ellas no tengo ya ningún recuerdo.

Usted estará de acuerdo conmigo en que igual me pasará a mí. Y cuando uno hace su balance al final, de todas las personas que han pasado por su vida —y seguramente de las que pasarán— unas muy pocas, y cuando digo muy, habría que subrayarlo: muy, muy, muy pocas, quedan en el recuerdo.

Estos días —bueno, todos los días, pero especialmente esta semana— se presentaron accidentes. Uno de esos no lo quiero describir; no me interesa hacerlo, porque fue bastante horrible: una mujer muerta en una moto. Seguramente se levantó, se vistió, se arregló y arrancó en su moto, y en su mente, al igual que usted y yo, diría: “Bien, voy a hacer tal vuelta, voy a llegar a hacer este asunto, voy a llegar y lo haré, y espero regresar a tal hora”. Tenía planeado de alguna forma el día, como usted y yo lo hacemos. Pero con lo que no contaba era que, a esa hora de la mañana, su vida terminaría de una forma trágica.

Hay otras personas de las que se habla cuando se mencionan las muertes súbitas. No sé si han leído un poco sobre eso: personas que, de un momento a otro, sin haber tenido ni siquiera síntomas, mueren. ¿Cómo se detiene todo? ¿Y cómo lo que se había planeado? ¿Y cómo todo lo que se había considerado que podría ser, de pronto ya no es? Ya no está.

Al revisar esas noticias una y otra vez —y van a seguir saliendo, porque siguieron saliendo—, con mi esposa orábamos para que Dios tenga el control de esta vía y, sobre todo, de nosotros, sus hijos. ¿Están de acuerdo o no? Que nos guarde. De hecho, lo ha hecho. Estamos aquí sentados porque más de una vez nos ha guardado.

Pensando en eso, reforcé mi pensamiento —discúlpeme, lo repito: reforcé mi pensamiento— en el Salmo 39. El Salmo 39 fue escrito por David en uno de los momentos de su vida, a mi juicio personal, más difíciles. Si bien es cierto que el Salmo 51, los que hemos estado leyendo salmos, nos conecta rápidamente —y al que no, lo invito a que se tome el tiempo de leerlos y escucharlos—, uno diría que el momento más difícil de la vida de David fue cuando escribió el Salmo 51. Y sí, es cierto, es muy fuerte: su pecado con Betsabé y todo ese episodio terrible y triste.

Pero cuando leo el Salmo 39, creo que es uno de los puntos más bajos de la vida de David. Es probablemente uno de los instantes más bajos que encuentro en su vida. Por ejemplo, el Salmo 38 es la oración de un penitente; el Salmo 40, que está adelante, es el anhelo o la oración de un esclavo; y el Salmo 41 es la oración de un enfermo. Y entre esos tres salmos está el Salmo 39.

De hecho, si usted tiene la Reina-Valera, el título aparece como “Lo transitorio de la vida”. Lo pasajero, lo rápido, lo fugaz. Y es cuando estamos atravesando momentos difíciles de nuestra vida, cuando nos encontramos en situaciones que no quisiéramos vivir y que quiebran nuestra alma —entre ellas la enfermedad o, en algunos casos, la ausencia de un ser querido—, cuando más evaluamos nuestra existencia. Cuando pasamos por momentos difíciles, o por situaciones que marcan de alguna forma nuestro corazón, es cuando más evaluamos nuestra existencia. Y entre esas cosas, como lo hizo David, terminamos evaluando qué tan efímera es nuestra vida.

Esta noche estamos, por privilegio de Dios, aquí. Pero hasta aquí lo sabemos. No sé si usted tiene asegurada la próxima hora, o las próximas doce horas, o los próximos diez días. Todos estaremos de acuerdo en que no. Este minuto es el único que tenemos asegurado.

David escribió el Salmo 39, que quiero que lea conmigo. Lo voy a leer en Nueva Traducción Viviente. Me parece un salmo increíble, escrito de verdad con lágrimas, y de hecho, escrito de una forma impresionante. Estudié el salmo, busqué algunas raíces de él y no encontré mucho, excepto que está dedicado, obviamente, a un corazón roto. Y David lo escribe para que uno de sus músicos, que aparece en otros salmos, le ponga la melodía y el ritmo. Está dedicado a Jedutún.

Puede ser —es una posibilidad— que quien lo sacara a la luz cantado fuera alguien posterior, pero quien lo escribió fue David. Y David escribió esto. Lea conmigo, por favor:

“Me dije: ‘Tendré cuidado con lo que hago y no pecaré con lo que digo. Refrenaré mi lengua cuando los que viven sin Dios anden cerca de mí’”.

Es decir, cuando los que no conocen a Dios estén cerquita.

“Pero mientras estaba allí en silencio, sin siquiera hablar de cosas buenas, el torbellino en mi interior se hizo cada vez peor”.

Ponga ahí tornado, tormenta, conflicto en su interior.

“Cuanto más pensaba, más me enardecía, hasta que disparé un fuego de palabras”.

Eso quiere decir que rompió su silencio.

“Señor, recuérdame lo breve que será mi tiempo sobre la tierra. Recuérdame que mis días están contados, y cuán fugaz es mi vida. La vida que me has dado no es más larga que el ancho de mi mano. Toda mi vida es apenas un instante para ti. Cuando mucho, cada uno de nosotros es apenas un suspiro”.

Y ahí hay un vacío musical, tal vez unas cuerdas suenan suavemente.

Y el verso 6 dice:

“Somos tan solo sombras que se mueven. Y todo nuestro ajetreo diario termina en la nada. Amontonamos riquezas sin saber quién las gastará”.

Entonces, Señor, ¿dónde pongo mi esperanza? Mi única esperanza está en ti.

“Rescátame de mis rebeliones. No permitas que los necios se burlen de mí. En silencio estoy delante de ti; no diré ni una palabra, porque mi castigo proviene de ti”.

Y permítame hacerle una aclaración aquí. Este salmo hay que leerlo con detenimiento, porque es como cuando un adolescente está sentido y dice: “No, no voy a hablar, no voy a decir nada, estoy bravo”. ¿No les ha pasado? Y al ratito dice algo. “Ya estoy bravo otra vez, no voy a volver a hablar”, pero otra vez dice algo. Es como la gente que está en silencio, en silencio, en silencio… pero por más que lo intenta, tiene que volver a hablar. ¿Ha intentado usted alguna vez quedarse mucho tiempo en silencio y no puede? Se le sale el reclamo, se le sale la petición. Y eso le está pasando a David.

Así que ese verso 9 dice: “En silencio estoy delante de ti y no diré una palabra, porque mi castigo proviene de ti”. Y luego viene el verso 10, como diciendo: “Pero, por favor, dije que no iba a decir nada…”, y aun así sigue:

“Pero ya no me castigues. Estoy agotado por los golpes de tu mano. Cuando nos disciplinas por nuestros pecados, consumes como una polilla lo que estimamos precioso. En verdad, cada uno de nosotros es apenas un suspiro”.

Y otra vez hay un silencio musical. Tal vez las cuerdas de un instrumento suenan nuevamente.

“Oh, Señor, oye mi oración, escucha mis gritos de auxilio. No cierres los ojos ante mis lágrimas, pues soy tu invitado…”.

Y este verso le voy a invitar a que lo subraye y lo guarde, porque me parece precioso:

“…pues soy tu invitado, un viajero de paso, igual que mis antepasados. Déjame solo, para que pueda volver a sonreír antes de que parta de este mundo y no exista más”.

¿No le parece interesante?

Le quiero recordar esto: el Salmo 39 es, en mi juicio y en mi lectura personal, la expresión de uno de los momentos más difíciles de la vida de David. Si usted lee el contexto del resto de los salmos, verá que lo están persiguiendo; hay una cantidad de bárbaros a su alrededor. Estos días he orado usando una de las palabras que utiliza David, que suena duro, pero David dice: “Calla a esos perros”. No sé si ha leído eso. Está rodeado de gente que solo lo quiere volver pedazos. La vida pública de David, su vida personal, su vida sentimental y emocional, está hecha pedazos.

Y ese salmo que está entre el 38, el 40 y el 41 es una expresión, para mí, de la parte más baja a la que ha llegado David, al punto de que él busca decirle a Dios: “Ok, me voy a quedar callado, no voy a decir más… pero tengo que decírtelo, porque ¿a quién más se lo digo?”. Y de hecho, lo que le dice es: “Estoy molesto porque tu mano está sobre mí castigándome. Soy como polvo, me están despedazando; pero no, voy a hacer silencio, voy a quedarme callado”.

De hecho, el último verso me parece genial. Dice: “Déjame solo”. ¿Alguna vez usted ha tenido la necesidad de estar solo, incluso —y hago la salvedad— de sentir eso también con Dios? A mí sí me ha pasado. He tenido instantes de mi vida en que digo: “Ok, quiero estar solo. No quiero pensar ni en el evangelio, ni en mi iglesia; quiero como encerrarme un momentito”. Pero al final descubro que nunca realmente estuve solo; Él solo se quedó en silencio al final.

En el verso 4 hay una pregunta que todos seguramente nos haríamos. La voy a leer en Reina-Valera, porque me parece que allí la forma en que se hace la pregunta es mucho más interesante. Dice:

“Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy”.

Hay una pregunta ahí. La resumo en esto: ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo me queda?

Yo sé que los que están aquí, los más jóvenes, dirían: “Bueno, a mí me queda mucho más tiempo”. Tengo que confesar que después de los 50 años, y en especial después de la partida de papá —papá murió a los 74 años, casi cumpliendo 75—, he hecho cuentas y he pensado, tontamente, lo aclaro, que si yo tuviera la misma longevidad de papá, me quedarían más o menos 20 años. Y he pensado: “Oh, me quedan 20 años”. ¿Cuánto tiempo me queda? Ya hice cuentas, ya pregunté.

Pero, ¿por qué no sabemos cuánto tiempo en realidad nos queda? Para darle a entender por qué le coloqué este título, permítame hacer esta salvedad: ¿por qué Dios no nos mandó con una fecha de caducidad escrita en un brazo? Algo así como: “Mira, aquí dice que expiro en 2033”. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no nos dejó saber cuánto tiempo tenemos de vida, para entonces vivir solo con ese resto de tiempo?

Yo lo he definido como la bondad de no saberlo. Al no saber cuál es nuestro tiempo de vida, hay una bondad de Dios implícita ahí: nos invita a vivir cada día como si fuera el último. Porque si usted supiera el día en que expira, usted no hallaría sorpresas en cada día que le quedara. De hecho, se dedicaría a vivir restándole tiempo al tiempo que sabe que le queda. Pero como usted y yo no sabemos cuándo dejaremos de existir, cada día debería ser una sorpresa. Lo primero que deberíamos hacer al despertarnos es asombrarnos de que otra vez tenemos otro día.

Alguien me dirá: “Sí, pastor, yo abro mis ojos y lo primero que se me viene a la mente son mis enfermedades, mis deudas, mis problemas, mis conflictos, mi pecado, mi basura, mi engaño. Y todo esto hace que como que mejor fuera no despertar”. ¿No le parece, pastor, que sería como mejor que esa muerte súbita me llegara a mí y yo hiciera parte de ese porcentaje?

Pero resulta que, si no conozco el fin de mis días, cualquiera que sea la distancia de hoy al día en que yo parta, eso podría darle valor a cada día de mi vida, como si fuera el último día.

Lutero era un hombre que siempre expresaba que uno debería orar y buscar a Dios y meditar en Él como si fuera el último día de su vida.

Para que me entienda un poco esto, usted podría, en su casa, revisar la historia de Ezequías. Si no la ha revisado, permítame ponerle el contexto. Ezequías era uno de los reyes. Esto está en 2 Reyes 20. Ezequías fue un hombre que enfermó, y su enfermedad era para morir. Así que él clamó, lloró y gimió ante Dios: “No me dejes morir, dame vida”. Dios lo escuchó —usted puede leerlo— y el profeta fue y le dijo: “Ezequías, tranquilo, acaba Dios de mandarte decir que tendrás 15 años más”.

Y eso que parece una buena noticia, para mí es una pésima noticia. Porque me gustaría, si fuera mi caso, pensar: ¿se imagina el afán y la angustia cuando me acerque a menos 8, menos 7, 6 años, 1 año, 6 meses, 1 mes? Dejaría de vivir estando en vida. Por eso, la bondad de no saber cuándo termina mi vida.

Pero Ezequías recibió esa oportunidad y, de hecho, la malversó. Si usted revisa su vida, verá que no hizo nada bueno con lo que Dios le añadió. Pero a lo que me quiero detener es a que, cuando Ezequías recibió la noticia de que tenía 15 años más, dijo: “Ok, necesito comprobar que eso es cierto. Dame una señal de que de verdad voy a vivir 15 años más”.

Y el profeta le dijo: “Listo. ¿Qué prefieres? ¿Que la sombra avance diez grados o que retroceda diez grados?”. Y Ezequías dijo: “Que avance diez grados es fácil; que retroceda”.

¿Se imagina lo que eso significa? Que la tierra, ahora lo entendemos nosotros, se devolviera en el tiempo diez grados; que la escala y el reloj de Acaz retrocedieran. Algunos eruditos dicen que eso podía equivaler a unos 40 minutos. O sea, Dios tomó la tierra y dijo: “¿Listo? Está bien”. Y la devolvió diez grados. La sombra se corrió diez grados.

Pero cuando leo este pasaje, encuentro que Ezequías no entendió el mensaje. “Ok, sí voy a vivir 15 años”. Pero si usted revisa con cuidado, notará que la señal que le da Dios a Ezequías es esta: para Él el tiempo no es un problema. ¿Me entienden? Como si Dios le dijera: “¿Crees que mi problema es el tiempo? Mira, te voy a mostrar”. Ahí le devuelve diez grados. De hecho, algunos dicen que ese tiempo hacía falta. Pero Ezequías no entendió el mensaje. Lo único que quería era confirmar que sí iba a tener 15 años más.

Y esto de la sombra me devuelve otra vez al Salmo 39, específicamente al verso 6, donde David dice: “Somos solo sombras”.

Vuelvo entonces a la figura de Ezequías. ¿Sabe qué somos usted y yo? Somos una pieza en la mano de Dios, que puede alargar nuestro tiempo o simplemente recortarlo. ¿Está de acuerdo conmigo? Un movimiento de Él haría que usted y yo mañana ya no estemos. La soberanía y la autonomía que Él tiene sobre nuestro tiempo es impresionante. A Ezequías se la mostró moviendo la tierra hacia atrás diez grados. David dice que usted y yo somos como una sombra que solo pasa.

¿Por qué sombras? La palabra sombra que aparece ahí viene de una raíz que puede traducirse como fantasma, ilusión o apariencia sin detalle. La expresión que usa David de sombras es básicamente cuatro cosas.

Primero: las sombras solo pasan, sin dejar huella y sin llamar la atención. ¿Está de acuerdo conmigo? Porque ninguna sombra de nosotros deja huella. No hay evidencia de esas sombras; solo pasan.

Segundo: no hay detalles en la sombra. Nuestro reflejo en la sombra no determina el color de mi piel, de mis ojos, el estilo de mi cabello, mis pecas o lunares, mis virtudes o defectos físicos; solo es una silueta. No tiene detalle alguno. David dice: “Yo soy como una silueta, una imagen que no tiene ninguna característica especial”.

Tercero: esa sombra se mezcla fácilmente con otras sombras y se pierde. Si todos nos paramos aquí donde está la luz, nuestras sombras se mezclarán, y nadie podrá decir: “Ah, esa es la del pastor”. Solamente están mezcladas y se pierden.

Y cuarto: la sombra depende de la luz; en este caso, del día. Cuando la luz del día se va, cuando llega la noche, la sombra ya no está.

Así que David utiliza la expresión sombra para hablar de algo que no solo es pasajero, sino técnicamente irrelevante. ¿Por qué digo técnicamente? Porque depende de nosotros que ese paso tan fugaz por esta vida sea relevante.

Obvio que usted y yo tenemos una perspectiva del tiempo. Yo diría: “Bien, si tengo la longevidad de papá, me faltan veinte años”. Pero esa es una perspectiva errada, porque podrían ser treinta, podrían ser cuarenta, o podrían ser cinco, o dos, o uno. Mi perspectiva del tiempo, aunque aparentemente pareciera que tengo bastante, la verdad es que, cuando miro el Salmo 39, David está diciendo: “Solo soy una sombra”.

¿Y qué pasa entonces? Por eso hace la pregunta del verso 7:

“Entonces, Señor, ¿dónde pongo mi esperanza?”

Si soy tan pasajero, y si esta vida se me va a ir, y si esta vida se me va a escapar, y si este aliento se va a volar, entonces, ¿dónde coloco mi esperanza? ¿De qué me apego? ¿A qué me agarro?

Bueno, la respuesta no es tan difícil. Si usted tiene un corazón que conoció a Jesús, sabrá que mi esperanza está en Jesús. Precisamente en Aquel que devolvió la tierra diez grados. O sea, el que puede absorber mi vida, quitarla en un suspiro, o extenderla un par de años más, como hizo con Ezequías. Él es la fuente de mi esperanza.

Yo no soy la fuente de mi esperanza. Si hago mucho ejercicio, eso no es la fuente de mi esperanza. Si como bien, o viajo mucho, o duermo bastante, o tengo buen dinero, eso no es la fuente de mi esperanza. Quien realmente es la fuente de mi esperanza es quien podría mover mi vida tan rápido como Él quisiera, o tan lento como Él lo deseara. Mi esperanza está en Jesús, que es el que maneja el tiempo del hombre a su gusto.

Y usted dirá: “Bien, entonces, ¿por qué los malos viven más?”. Si usted quiere, váyase un capítulo más atrás en los Salmos y notará que David dice que no se alegre ni se inquiete por los malos que prosperan, porque ellos también dejarán de existir. También son sombras.

Hace dos mil años que Cristo vino, y hace dos mil años se han levantado hombres buenos, como también hombres perversos. Pero de esos ya hoy solo quedan sombras. Solamente recordamos de ellos historias o testimonios, pero ya pasaron. Y usted y yo, si Cristo no viene antes, también pasaremos.

Hace unos años tal vez recordábamos a alguien, pero ese alguien ya pasó. Nuestra esperanza está en Jesús y, ojo con esto, porque Él es eterno, sin limitación de tiempo. Tiene una panorámica del tiempo impresionante. Mientras que para usted y para mí son horas, 24 horas un día, siete días una semana, cuatro semanas un mes, Él tiene una visión total de todo. Él lo ve todo, tiene una dimensión completa de las cosas. Su visión del tiempo no es limitada; es amplia. Vuelvo a recordárselo: Él es eterno.

Así que este salmo, del cual utilicé ese título, “Sombras que se mueven”, me pareció tan puntual para recordarle a usted esta noche que, aunque estamos aquí sentados, y aunque estamos aquí escuchándonos, y ahora saliendo, y pudiéramos ir a la casa, y hay un plan para el resto de la semana, y hay algunas cosas que hacer para el resto de la semana, la verdad es que nuestro tiempo se está acortando y lentamente nos estamos acercando a la cita a la cual no podremos evadir, ni podremos quitarle tiempo, ni escondernos de ese momento.

Cuando se cierre nuestro ciclo, quisiera que usted entendiera que esta no es una charla poética para hablar de la vida, sino para recordarle que nuestro paso por esta vida es absolutamente pasajero; que detrás de nosotros ya han pasado personas y personas y personas, cantidades de personas; que ninguno de los que estamos aquí somos eternos en esta vida.

Quiero concluir la expresión de esta forma. Me puse a escribir un poquito cómo sería la conclusión. La voy a leer; si está en la pantalla, la puede leer también. Lo puse un poco literario para darle sentido:

“No sé cuánto tiempo me queda. No lo sé, y Él no me lo va a decir, por amor a mí. ¿Cuánto tiempo me queda? Estamos de acuerdo, ¿no? El que me ama no me va a decir cuánto tiempo me queda. Así que este forastero, este invitado tuyo, Señor, a esta vida, este viajero de paso, necesita un poco más de aire para seguir, tomar un poco más de fuerza para seguir, lo que haga falta por seguir”.

Y, si quiere, ayúdeme y lea, por favor, los últimos dos versos del Salmo 39:

“Oh, Señor, oye mi oración y escucha mis gritos de auxilio. No cierres los ojos ante mis lágrimas, pues soy tu invitado, un viajero de paso, igual que mis antepasados. Déjame solo para que pueda volver a sonreír antes de que parta de este mundo y no exista más”.

Tal vez necesito tomar un poquito más de aire, solamente un instante. Yo sé que tengo que seguir. Yo sé que el camino no se ha terminado. Necesito avanzar, necesito caminar, necesito transitar la ruta que trazaste. Pero necesito un poco más de aire, necesito descanso. Eso está diciendo David a Dios. Suena hasta egoísta: “Déjame, déjame solo un momento; necesito respirar”.

Para cada uno de nosotros, el tiempo se está limitando. Tenemos menos. Lo que quiera que haya sido la adjudicación de tiempo para nosotros, ahora es menos. Tenemos la oportunidad solo de tomar aire y seguir.

David dice entre líneas: “Ok, no me vas a decir cuánto me queda, pero toca seguir”. Como cuando papá nos llevaba a algún lugar en el campo y uno le preguntaba: “¿Ya estamos llegando?”. Y para el papá: “Sí, sí, ya estamos cerca”. Podrían faltar tres horas, pero igual decía: “Sí, ya estamos cerca”. Es que Cristo viene pronto, está cerca.

Así que, si usted ha estado cansado estos días, como leí que alguien testificó y lo publicó en Facebook, que duró como 13 o 14 años en una iglesia donde le decían que para sus problemas tenía que arrepentirse, ayunar y orar, y que lo hizo obedientemente por todos esos años, hasta que llegó, colapsó y decidió no volver a la iglesia, porque solo le decían que tenía que orar e insistir, y se cansó; sintió que no era eso, y de hecho llegó a la conclusión de que su problema no era realmente espiritual, sino muy neurológico, que no había un stop en su vida…

Bueno, la ampliación de ese último verso, pero dicho de otra forma, es esta: “Déjame solo”. Si alguien se ha sentido así en esta fe, en este momento, déjeme decirle que las palabras de David son ciertas: mi esperanza está en el Dueño del tiempo. Es el único en quien me puedo apoyar, es el único en quien puedo descansar, es el único en quien puedo reposar.

Apuntes · 2026