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Hoy me referiría a uno de mis libros más preciosos. De hecho, si bien es cierto que los hombres tenemos la costumbre, o al menos la fama, de ser muy poco románticos, mujeres, siento que sí, esa es la fama que tenemos: que somos muy poco románticos. Yo sí creo que me gusta mucho el libro que vamos a tratar hoy, porque me gusta, de alguna forma, ser romántico.
Así que miren al que está a su lado, por si el calorcito le produce algo de sueño, y díganle: “Espero que salga hoy más enamorado de lo que entra”.
Hay una historia muy bonita, cortica pero muy bonita, de una mujer en Portugal a la que le gustaba la brujería. De hecho, en el pueblo sabían que era bruja, que le gustaban los rezos y las cosas de oscuridad, toda esa cantidad de cosas que hay alrededor del tema de la brujería. Ella amaba el ocultismo; su vida giraba alrededor de eso. Era una mujer de campo.
Y un día encendió el radio de la casa y sintonizó, sin haberlo premeditado, una emisora que comenzaba a dar estudios bíblicos. Leían y estudiaban la Biblia por un lapso de media hora en esos programas. Curiosamente, ella se vio conectada, solo con la lectura de la Biblia, a ese programa, y escuchaba. Al pasar los días, siguió escuchándolo, al punto que decidió interesarse más. Y esta parte es hermosa: como si la Biblia nos necesitara. La Biblia no nos necesita para predicarse, pero Dios nos dio el privilegio de ser usados para predicarla. Y ella, con solo escucharla, se empezó a ver llamada, atraída por esas lecturas.
Fue entonces al párroco de su localidad y le pidió que le enseñara y le hablara de esa Biblia. El párroco lo intentó, pero ella se sintió de alguna forma frustrada, porque lo que escuchaba de él no era lo mismo que escuchaba en su programa radial. Así que decidió volver a su programa radial, donde consideraba que escuchaba mejor y donde entendía mejor, y le fascinaba ese tiempo de la emisora.
Yo recuerdo, en mis épocas de muy jovencito, cuando papá ponía una emisora en Bogotá que se llamaba Nuevo Continente, y me fascinaba escuchar los programas cristianos. A ella le gustaba tanto ese programa, que Cristo, a través de su Palabra, de la lectura que ella escuchaba, empezó a cambiarle la vida a la bruja. Eso me parece genial. Solo escuchar el programa empezó a cambiar su corazón, y empezó a cambiar, y dejó atrás sus libros y sus objetos ocultistas, hasta que comenzó a involucrarse con una iglesia cristiana de su localidad.
Ella, hablando de su testimonio, dijo literalmente: “Mi vida ha cambiado completamente desde que escuché ese programa radial. Es la mayor felicidad que he tenido en mi vida. Ustedes son la puerta que Dios abrió para mi salvación. Los amo mucho”. Hablaba de los que hacían el programa. Y añadía: “Por favor, no dejen de hacer ese trabajo”.
Ese día ella no sabía que dentro de la congregación estaba el hombre que dirigía el programa.
Y usted me preguntará: ¿qué tiene que ver eso con el título de hoy? Le coloqué este título a la charla: El sonido del libro. Me fascinó ese título. Resulta que el programa que ella escuchaba se titulaba así. Y me pareció genial, porque lo que a ella la cautivó fue la lectura de la Biblia en distintos pasajes, durante muchos días. Y la Palabra sola se encargó de transformar el corazón de una mujer que era bruja y amaba ese mundo.
Ahora, por favor, grábese esto: el sonido del libro. Porque quiero que entienda el título de la charla que quiero que tengamos hoy.
Juan 3:16, que la mayoría de nosotros conocemos de memoria y lo podemos recitar de memoria, es uno de los versos más conocidos. Lo estoy citando en Reina-Valera:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Si usted me ayuda, y tiene esfero, y está tomando apuntes, o tiene su Biblia y no le da pereza, o quiere subrayarla, quisiera que subrayara la palabra tal.
Ahora, usted puede buscar muchos sinónimos de la palabra tal. ¿Cuál colocaría? En gran manera, de sublime manera, de exagerada manera. Pero en este caso, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, al menos en esta versión, encontraron la expresión tal, porque la palabra tal no quedaba limitada. De hecho, es una expresión que habla de algo que no encuentra un tope. Es tal, que no puedo decir cuán grande es, ni cuán alto es.
Había una canción que entonábamos hace muchos años en la iglesia, El amor de Dios, y decía algo así como: “Es tan alto que no lo puedo alcanzar…”. Era un intento de decir: no encuentro límites a ese amor. Y los traductores escribieron la expresión tal, una expresión que usted y yo casi no usamos, pero que sirve para cuando no podemos dimensionar algo. Este almuerzo tiene tal sabor… O sea, ¿cómo puedo decirles cuál era el sabor? No puedo. Así que le pongo un calificativo que quite los límites.
Y Juan 3:16 dice que de tal manera nos amó Dios, de una manera que no podemos explicar, que ese amor salió como una expresión para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.
Y es que en la Biblia, de pasta a pasta, desde Génesis hasta Apocalipsis, hay una canción rodando. Levanten la mano, de verdad, honestamente, no por cliché, los que aquí son románticos de verdad. Gracias. Noten que somos muy pocos.
Ahora, hablar de románticos no es hablar de lo cursi. Hay gente que cree que ser romántico es hablar con miel a toda hora. No. Romántico es el que encuentra el amor en muchas cosas, incluyendo en las divinas. Y voy a dedicar esta charla no tanto a esos románticos, porque de hecho ya lo son; espero que hoy sean dos veces más románticos. Se la voy a dedicar a los que les cuesta ser románticos. No melosos, porque meloso puede ser cualquiera. De hecho, las personas melosas a veces se tornan cansonas y hostigantes. Hablo del que puede encontrar romance en cosas sencillas, cosas que para otras personas parecen pequeñas.
Hablo con los hombres que se identifican conmigo, que encuentran romance en servirle un tinto a la esposa en la mañana. Yo encuentro romance en eso. Para mí es delicioso. Con un café en la mañana estoy diciendo algo que tal vez no digo todo el día. No necesito estar mandando todo el tiempo mensajes: “Mona, te amo”, “WhatsApp, te amo”, “la mona y yo, juntos por siempre”, “la eternidad”, “oh, los superhéroes, tú y yo”, “Facebook”. No. Ese romance me parece tan de redes sociales que no tiene como ese detalle.
A mí me parece que un café y un desayuno en la mañana son románticos. Mi rutina en las mañanas me parece romántica. Algunos me dirán: “Uy, pastor…”. Pero a mí me parece romántico levantarme, alistar el café, sacar el carro y dejarlo listo en el parqueadero para que, cuando ella baje ya arreglada para irse a trabajar, encuentre el café, los huevos tibios y el carro listo. Para mí eso es romance. No necesito estar todos los días diciéndole a toda hora: “Te amo, te amo, te amo, mona, monchis, cuchis…”.
La Biblia, de Génesis a Apocalipsis, es muy romántica. Quien sabe leer la Biblia encontrará un romance espectacular de Génesis a Apocalipsis. Claro, hay juicios, palabras duras, leyes, normas, regaños. La sola palabra Apocalipsis suena para algunos como un montón de zombis persiguiendo a los vivos. Pero la verdad es que la Biblia es una carta que describe una relación de amor.
Y dentro de esos 66 libros que están en su Biblia —si quiere usar la católica y tiene más, no importa— hay uno que es el número 22. ¿Ustedes saben cuál es? Cantar de los Cantares.
Ese libro, que por cierto se llama así porque es el cantar de los cantares, es decir, un canto distinto de todos los demás cantos, un canto mejor que los demás, tiene ocho capítulos y más de doscientos versículos de un romance que describe cosas muy preciosas que quiero compartir con ustedes.
Y es que el libro de Cantares no conecta como los otros 65 libros. Si bien hace parte de la Biblia, no trae normas. ¿Usted lo ha leído? ¿Alguien aquí ha leído todo el libro de Cantares más de una vez? Yo me lo he leído y me lo he escuchado. De tarea, anoten ahí: lean el libro de Cantares. Los que se van a casar deberían leerlo mínimo siete veces. Mínimo. Los que ya están casados, catorce. De pronto ya es más difícil, pero deberían leerlo.
Ese libro, en sus ocho capítulos, describe el amor perfecto y el amor imparable. Y esto me parece espectacular. Cuando yo leo Cantares, de toda la Biblia, es el libro que para mí tiene un paneo espectacular de la vida de la iglesia.
Ahora, algunos lo han considerado un libro erótico. Yo no. Hay gente que cree que es un libro erótico, pero yo no le encuentro esa línea. No sé si cuando lo escribió Salomón, la forma en que lo escribió, la prosa que le puso, sonaba erótica; pero mínimo a mí, hoy, no me suena así. No creo que la mona me haga ojitos después de que yo le diga que sus dientes parecen rebaños de ovejas. No creo que ella diga: “Oh, mi coquetón, ven a ver acá”. No creo que eso cale en esa dimensión. Pero tal vez en el momento en que fue escrito tenía esa característica.
Otros creen que habla de una pareja que nunca se casó. No estoy de acuerdo. Otros dicen que es un libro que habla solamente de la relación de los judíos, del pueblo de Israel, con Dios. Sí, algunos lo creen. Pero los cristianos siempre hemos entendido que es un libro que hace referencia a la iglesia y a Jesús.
Más allá de esos enfoques, es un libro romántico. ¿Sabe cómo dice el verso 1 de Cantares? Mire lo que dice:
“Cantar de los cantares, el cual es de Salomón.”
Ya sabe qué quiere decir eso: es un canto mejor que cualquier otro. La mejor de las canciones. Hoy no estamos mirando un canto cualquiera. No es un reguetón de bárbaros, no lo es. No es una de esas rancheras que ahora salen con groserías, y que me parecen muy bajas. La gente cree que eso es romanticismo, pero si a usted le gusta una canción donde lo insultan, déjeme decirle que está lejos de entender el romance.
Este libro tiene ocho capítulos, y no nos daría el tiempo para leerlos todos. Voy a citar algunas cosas.
El capítulo 1 comienza con la mujer hablando. Y de hecho, cuando ella abre el diálogo, termina concluyendo que no es igual al resto de las mujeres. Si usted lo revisa, ella dice: “Yo soy morena”. Y añade: “pero hermosa”.
Ella aclara que es morena no porque haya nacido así, sino porque sus hermanos la obligaron a trabajar en las viñas. Dice: “No pude cuidarme, así que el sol me dio duro”. Es como me pasa a mí. Yo no era así. Yo era blanquito, aunque no me lo crean. Me parecía más a David en el color, lo que pasa es que David todavía está original. Yo era más claro, pero la calle, el microfútbol, las canchas y últimamente el campo, me han ennegrecido.
Ella dice: “Me oscurecí porque el sol me golpeó, porque mis hermanos se enojaron conmigo y me pusieron a trabajar en las viñas”. La descripción de ella es la de una mujer que ha tenido que luchar. Y esa es la descripción de la iglesia. La iglesia es esa mujer morena y hermosa, que vive en una comunidad donde la belleza parece tener otras características.
Y ojo, no estamos hablando de raza; que el racismo no vaya a entrar aquí. No es eso. Ella no se describe como una morena delicada, chocolatosa y suave, sino como una mujer quemada por el sol, por el trabajo. Dice que se parece a las tiendas de Cedar, a las carpas del desierto. Es la imagen de una mujer marcada por la vida. Pero aun así dice: “Soy hermosa”.
Y la razón por la que ella se juzga hermosa no es solo porque tenga alta autoestima, sino porque si usted revisa los ocho capítulos, el único que repite una y otra vez que ella es hermosa es el amado. Él repite: “Eres hermosa”. Ella podría decir: “Yo estoy destruida”. Pero él le dice: “Eres hermosa”.
Porque la descripción de esta mujer no es precisamente la de una mujer cautivante según los estándares de afuera. La sociedad determina que la belleza tiene otras características, otras medidas y otros diseños. Y muchas mujeres tienen que luchar en medio de ese escenario para clasificar. Pero si ustedes entran en ese escenario, muchas pierden, porque afuera hay gente con unos cuerpazos, unos rostros, unas pieles, unas ropas, y nosotros quedamos al lado como personajes de otra película.
Pero el que ama de verdad ve a esa mujer hermosa. Mujeres que están aquí, ayúdenme y díganle al que está a su lado, si es su novio o su esposo: “Gracias por verme como nunca realmente me he podido ver”.
Porque un verdadero esposo sí la ve hermosa. Pasen los años que pasen. Y este amado, que es Jesús, le está diciendo a la iglesia: “Para mí eres hermosa”. Y la iglesia le respondería: “Gracias, porque tú eres el único que me ve hermosa”.
El capítulo 2 habla de él. Es una descripción del novio. Yo lo llamé el amado apasionado y coqueto. Yo no sé si usted alguna vez ha podido ver a Jesús coqueto. Usted dirá: “No, Jesús coqueto no; eso se lo dejo a mi jefe, a mi marido o al vecino”. Pero si usted lee el capítulo 2, notará que él sí tiene algo de eso.
Por ejemplo, el verso 9 dice:
“Mi amado es semejante al corzo o al cervatillo. Mírenlo, allí está detrás de nuestro muro, mirando por las ventanas, atisbando por las celosías”.
Así se lee la Biblia. “Mírenlo”, dice el texto. Allí está detrás del muro, se asoma por la ventana, mira dentro. Es un coqueto. Si alguien sabe coquetear, es Jesús. A mí la neblina de esta mañana, cuando estábamos orando allá en el parque, me pareció un coqueteo. No sé si han visto los atardeceres celestes, o la lluvia.
El que no entiende esto se queja de todo: del sol, de la lluvia, del viento. Todo le parece aburridor. Pero el que entiende esto dice: “Guau, qué bonito”. “Gracias, Señor, por esos veinte minutos de lluvia; mientras tengamos acueducto, ya nos amaste con esos veinte minutos, no queremos terminar nadando en este amor”. A mí me gusta mucho el frío y la lluvia. Mi esposa ama el sol; a mí me gusta la lluvia. Me parece romántica. Me parece genial para escribir, para leer, para hablar, para dormir oyéndola caer en el techo.
Y este novio es muy coqueto. Le gusta aprovechar para intentar verla; no pierde oportunidad para echarle la gafa. La descripción de Jesús en el capítulo 2 me fascina. Él insiste en vernos. Y no hablo de que nos vigila como un ogro. Sí, es verdad que usted y yo no nos podemos ocultar ante Dios. ¿A dónde huiré de tu presencia? A ningún lado. Pero la diferencia es que nosotros podemos atraer la mirada de Dios.
Cuando usted está realmente enamorado o enamorada, no quiere dejar de ver a esa persona. Yo espero que lo entiendan. La primera foto que aparece en mi celular cuando lo enciendo no es la foto de un perrito, ni de la camioneta, ni de una finca. Es la foto del gran amor de mi vida: mi esposa, mi mona. Esa es la imagen que aparece. Cuando usted está enamorado, quiere ver a esa persona. Y ahora que tenemos tecnología, la quiere ver seguido, sin filtros o con filtros; todos somos coquetos.
El capítulo 3 empieza a presentarnos varios problemas. Comienza hablando ella, y comienza con un problema muy claro:
“Por las noches, en mi cama, busqué al que ama mi alma”.
Y usted va a encontrar que a esta mujer de Cantares le encanta dormir. Eso es un común denominador en ella. No estoy mintiendo. A los que ya leyeron Cantares les consta: la va a encontrar dormida varias veces. No es solo con respecto a la mujer; la iglesia también tiene esa tendencia: dormir.
Ahora, ella está pensando en él, suspirando por él, pero él no viene. ¿Y dónde está ella? En la cama.
¿Sabe qué he encontrado yo? Que en Cantares, constantemente, el amor que ella expresa suena lindo. Léalo: “Mi amado es hermoso”, “es la rosa de Sarón”, “es una gacela que salta”, “es precioso”. Esa mujer habla muy bien de él. Pero del dicho al hecho hay una distancia que ella no está dispuesta a recorrer. En cambio, él habla y él sí hace.
Usted va a ver que en todas las conversaciones del joven él es el que sale a buscarla. ¿Quién corre por las montañas? Él. ¿Quién está detrás del muro? Él. ¿Quién golpea la puerta? Él. ¿Y quién está sentada esperando que eso pase? Ella.
La descripción que Cantares hace de nosotros, de la iglesia, es esa. “Aquí estoy, Señor, ya vine a la iglesia. Tienes que sanarme, porque aquí dice que tú me sanas. Así que hazlo. Ayúdame con mi problema, porque tú tienes que hacerlo. Yo soy el necesitado; tú eres el amado. Yo soy el pobre; tú eres el rico. Ven”.
El amor que describe Cantares es el amor imperfecto de una mujer que sabe hablar del amor, pero muy mal con hechos. Y estaremos de acuerdo en que muchos estamos enseñados a hablar del amor con palabras, pero lejos de acciones. Incluso dentro de la familia es muy fácil hablar de amor con palabras, pero no con acciones.
Yo alguna vez lo enseñé aquí con los que se bautizaron el año pasado, y lo volveremos a hacer este año. Les adelanto esto: la palabra amor, en su contexto bíblico, implica morir. Cuando usted dice “te amo”, lo que realmente está diciendo es: “Por ti, yo estoy dispuesto a dejar de existir para que tú existas”. Pero en la familia a veces es al revés: “Tú existes gracias a mí”, “tú dependes de mí”.
Los papás que de verdad amamos a los hijos estaríamos dispuestos a dejar de existir por ellos. No lo dudo. Un verdadero papá o una verdadera mamá, si mañana supieran que alguno de sus hijos depende de su vida para seguir, apagarían la luz y dejarían que siga él.
Vi hace poco el testimonio de un papá cuyo hijo tenía una crisis cardíaca, y el único corazón compatible era el de él. Usted puede encontrar esos videos; son dramáticos. Él se despidió ese último día porque decidió donar su corazón a su hijo. ¿Está usted de acuerdo conmigo en que eso sí es amor?
Bueno, pero el amor que describe el libro de Cantares, de parte de ella, es un amor con problemas. Es un amor que tiene limitantes.
Parejas que están aquí, los que se van a casar y los que ya están casados: si esa persona tanto dice que de verdad la ama, entonces en lugar de escuchar solo el tono y la forma en que lo dice, relacione eso con cuánto hace. Y de hecho, no tanto con cuánto hace a favor de sí mismo o de la otra persona, sino con cuánto hace para dejar de ser él mismo, para morir a su ego. Porque lo que más está destruyendo matrimonios es ese profundo ego. Todo el mundo tiene la culpa menos yo. “Yo te amo, pero no voy a morir por ti. Tú eres mi esposa, tú eres mi esposo, pero no me pidas que muera. No voy a dejar de ser esto. Olvídate. Tú no me vas a quitar mis sueños. Yo tengo que vivir”.
La característica de ella en Cantares es que solo sale a buscarlo cuando no lo ve. No lo busca cuando lo tiene cerca. Eso es tóxico. Mientras usted tiene dinero en la cuenta, salud, algo de trabajo, alguien con usted, y todo está perfecto, entonces la vida está bien. Pero que Dios le quite un poco la salud, un poco los recursos, un poco la paz, un poco la tranquilidad, y entonces sí hay que salir a buscarlo.
Aquí hay personas que están buscando a Dios porque algo les está faltando en la casa. Cuando Jesús se deja de mostrar, entonces sí hay que buscarlo. Pero si lo ven todos los días, no saben disfrutarlo.
Lo curioso es que, a pesar de que ella sigue deleitándose en su ego, él sí es el que la busca. Y esposos que están aquí, aunque sé que no somos perfectos, lo reconozco y pido perdón en nombre de todos: es nuestro trabajo dar siempre el primer paso.
Esto es lo curioso: si usted ama a su esposa dependiendo de cuánto lo ame ella, entonces está en el lugar equivocado. Yo amo a mi esposa no porque ella me ame; mi amor por ella no depende de cuánto me ame ella. Yo solo la amo. Punto. Me enamoré de ella y me casé con ella. Mi amor no depende de si ella es más o menos afectuosa conmigo. Me enamoré de sus virtudes y de sus defectos.
Jesús nos ama no porque seamos tan virtuosos. De hecho, no lo somos. Pero está enamorado, está tan atraído por nosotros, que usted y yo estamos hoy aquí porque a él le fascina estar con nosotros, le apasiona vernos.
Usted lee en el capítulo 3, por ejemplo, el verso 4, que apenas ella lo encuentra lo toma y lo abraza. Y más adelante Cantares pregunta:
“¿Quién es este que sube del desierto como columna de humo, perfumado de mirra e incienso y de todos los polvos aromáticos?”
¿Se arreglaba el amado para ella? Claro que sí. Y eso me hace pensar: ¿cuándo fue que uno se descuidó así? Cuando ya conquistó. Ya no se arregla dentro de la casa, pero para salir sí. No. Él siempre se arregla para ella. Su perfume nunca deja de estar para ella.
El capítulo 4 vuelve a describir que él está encantado con ella. Él sigue fascinado. No nos vamos a detener ahí.
Pero el capítulo 5 empieza el problema de nuevo. Describe el amor imperfecto frente al amor perfecto. Comienza diciendo él:
“He entrado en mi huerto…”
El capítulo 5 se desarrolla en la casa de ella. ¿Quién va a la casa? Él. ¿Quién busca? Él. ¿Quién está acostada? Ella. El mismo ejercicio se repite una y otra vez.
Y él es tierno, va y toca la puerta. Me hace pensar en Apocalipsis 3:20:
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo…”
Y le golpea la puerta. No como algunos: “Vieja, llegué”. No. Él dice:
“Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía…”
Y le añade que está mojado por el rocío de la madrugada. El hombre no está encantado del rocío; tiene frío. Los que se levantaron temprano saben de qué estoy hablando. Él quiere entrar porque afuera está haciendo frío. Quiere estar con ella. Pero ella está adentro, acostada.
Y mire lo que responde ella en Cantares 5:3:
“Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de volver a ensuciar?”
¿Usted sabe cuál es la respuesta? ¿Por qué debería volver a vestirse y volver a ensuciarse los pies? Por amor. Porque si es por amor, se levanta. El amor que describe Cantares de ella es un amor imperfecto. Es un amor que tiene límites, que siempre encuentra un pero.
Y si usted siempre tiene un pero para amar en su vida de pareja, entonces está en el lugar equivocado. Hubiese quedado soltero o soltera. O no se case y quédese solo, y ámese a sí mismo. Haga como esa periodista que se casó consigo misma. ¿Vieron la noticia? Dijo: “Me recibo a mí misma como mi propia esposa y me seré fiel”. Bueno, haga eso y se evita el problema.
¿Por qué tenía que levantarse de la cama, vestirse y abrir la puerta? Por amor.
¿Por qué razón debe usted estar con la persona con la que vive? Pues por amor. No porque tocó, no porque están pagando la casa, no porque él hace el mercado, no por los cuatro niños. La razón por la que usted debe estar con esa persona es por amor.
Sí, tiene defectos. Sí, la iglesia también los tiene. Pero ¿por qué sigue el novio buscándola a ella? Por amor. ¿Por qué va a la puerta? ¿Por qué aguanta el frío? ¿Por qué llega de madrugada? ¿Por qué está mojado? Por amor. ¿Y ella dónde está? Acostada.
Y él se le desaparece otra vez. Ella, cuando lo siente distante, ahí sí salta de la cama. Ahí ya no le importa la ropa ni ensuciarse los pies. Y la escena, si usted la lee, se ve hasta romántica: ella baja de la cama, extiende su mano perfumada de mirra, toca el pestillo de la puerta, y cuando por fin abre… él ya no está. El texto dice que él se había ido.
Entonces ella sale a buscarlo desesperada, se encuentra con los guardias, y los guardias la golpean. Ella solo estaba preguntando: “¿Han visto al amado de mi alma?”. ¿Por qué tenía que sufrir eso? Porque no quiso abrir cuando la llamaron.
Muchos de ustedes tienen problemas en su vida cristiana porque cuando Dios los llama no se levantan. Tienen que esperar a que la vida los golpee para salir a buscarlo. No lo hacen por intención de amar, sino porque toca resolver el problema.
En el capítulo 6, el novio se ha alejado. Ella no sabe dónde está. Él se deja escuchar, pero no ver. Y cuando él habla, siempre habla igual. No leo ahí: “Perezosa, ahora sí, por dormilona, te escondí”. No. Las palabras de él siguen siendo las mismas.
De hecho, lea conmigo Cantares 6:8-9:
“Aun entre sesenta reinas, ochenta concubinas e innumerables doncellas, mi paloma, mi perfecta, es la única…”
¿Se da cuenta? Él la sigue viendo perfecta. Levante la mano el perfecto. Ninguno. Pero él nos ve así. La única forma en que yo entiendo eso es por gracia. Porque no veo otra explicación.
Este capítulo es tan triste, que ella, como no lo encuentra, lo escucha pero no lo ve, se va a distraer con otras cosas. Sale a ver los nogales, los árboles. Y aquí abro un paréntesis: esto es opinión del pastor. Usted puede hacer su propio estudio. No voy a decir que esta es la última doctrina. Es mi lectura.
Ella sale a caminar porque no lo encontró, y entonces se distrae: se va a mirar los nogales, a pasear, a entretenerse. Y en una de esas ve un carruaje, ve a un noble, y se va hacia allá. Las doncellas, que son las que la acompañan, le gritan: “¡No! ¡Vuélvete!”. Para mí, ese no es el rey, no es el amado. Lo que la atrajo fue el carruaje.
Muchas personas asisten a las iglesias dependiendo del auditorio, del predicador, de lo que ven. Hay gente que cree que si alguien tiene mayores seguidores entonces es más efectivo. Entonces el que hoy le predica a dos personas en el Amazonas no sirve de nada, pero el que hoy le predica a cinco mil es un duro, porque la gente se deja llevar por lo que ve.
Y esta novia ve el carruaje. Póngale usted la marca que quiera. Ella ve el brillo de otra cosa y se siente atraída. Esa es otra característica de la iglesia: su amor es imperfecto, y por eso tiene tendencia a la infidelidad. Hoy usted está sentado aquí, y en la tarde está oyendo basura, viendo basura o pensando basura. Hay una tendencia a ser infieles.
Pero él dice: “¿Y por qué la miran así?”. Y la sigue amando. ¿No le parece increíble?
Y llega el capítulo 8. Para mí es bellísimo. Yo sí creo que Cristo vendrá por su iglesia. Estamos viviendo una época en la que muchos pastores predican que no hay rapto, que eso no existe. Yo sí soy defensor de que habrá un encuentro glorioso con el Señor.
Si usted lee Cantares 8:5, dice:
“¿Quién es esta que sube del desierto, recostada sobre su amado?”
Ellas saben quién es, pero lo preguntan admiradas: ¿quién es esta? Y mire cómo viene: viene desde el desierto. Porque vivimos en un desierto. ¿Y cómo viene? Recostada sobre su amado.
¿Quién la trae? ¿Quién la sostiene? ¿Quién la rescata del desierto? Él.
A mí eso sí me parece romántico. Para mí Cristo viene por su iglesia y la rescata, a pesar de ser una novia imperfecta. No merecería ser rescatada, pero él la saca de su estado de sufrimiento, la saca del desierto, y la lleva sostenida por su amor perfecto.
Yo no le estoy pidiendo que usted tenga un amor perfecto. Seguramente saldremos de aquí y usted seguirá teniendo un amor imperfecto. Pero sí le pido que por lo menos agradezca el amor perfecto de Dios, aunque el suyo siga siendo imperfecto.
Le doy entonces algunas conclusiones.
A él lo amamos con torpeza, con excusas, con errores, y muchos ni siquiera estamos dispuestos a cambiar. Sabemos que el error está ahí, pero no queremos corregirlo. “Yo soy así, pastor, ¿qué puedo hacer? Así soy yo”. Y él nos ama con pasión, con el deseo de vernos y de escucharnos.
Ahora, volvamos a Juan 3:16. ¿Cuál fue la palabra que usted tenía que subrayar? Tal.
¿Qué le dice Cantares a usted? Que de tal manera me amó, que yo nunca lo he podido amar igual. De tal manera. Con tal sonido, con tal melodía, con tal canción de amor perfecto, que aceptó una cruz para darnos el cielo. Prefirió morir en una madera para que nosotros pudiéramos estar con él.
¿A usted no le parece un amor increíble? A mí me parece impresionante.